Danza del principio y el fin

Una palabra es el Alfa y el Omega. Potencialmente, uno… o los dos. Bueno, quizás más de una palabra. Una frase, un tiempo tomado, pedido, robado.
Si lees las miradas, los gestos. Si navegas las líneas y entrelíneas, si te atreves a flotar en lo mundano de aquello que te llama. Cuando rechazando, desea. Como si fuera magia. En ese momento tendrás una respuesta, si te atreves a la pregunta.
Te vuelves entonces al significado, profundamente reluciente, cuenco de luz. El metal más liviano y brillante. En lengua arcaica, casi salvaje.
Entonces ves. Por fin. Y sentís.

Es ahí, justamente ahí, cuando te das cuenta que no hay retorno. Estás en el medio de la caída. Lo que había por arriesgar ha sido arriesgado. Por poco que sea.
Una, dos, tres veces negado… y sigues volviendo. Porque percibís una llamada detrás del velo. No te piden paciencia. No. Se requiere audacia.
Pasado el juego de las sombras, mostrarás tu esencia. Bajarás todas tus defensas. Dejarás que vea cara a cara la matriz de tu existencia. El deseo. Y cerrarás los ojos esperando al destino, puño o caricia.

Y todo eso es inevitable.


El yermo

Se abren como manantiales
De fuego y escoria, y máculas sangrantes.
Como rabiosos perros acechantes
Ladrando llagas y ampollas lacerantes.

A la gloria llama sortear tal paraje.
Contar cicatrices, como sabias directrices.
Rodar y levantarse, no ceder una pulgada.
No lavarse el barro, y acertar la estocada.

Llaman al horizonte
Los frescos cerros, los sedientos oasis;
Ya no inquietan las brasas a las curtidas plantas.
Ya la tierra se agrieta en torrentes de ceniza y lava.

Ya asolan hediondos pantanos
Y quemantes heladas,
Mas vive inagotable el valor del presente,
Que cual infame pedagogo se yergue.

Acostarse en el yunque,
Recibir el mazo,
Templarse en filo y punta
Elástico e inquebrantable.

Ya espera la alborada,
En revitalizante rocío e inagotable grama.
Ya espera el horizonte, que se hace presente
En cada avanzada.


Pensando sueños

Soñar mañanas arropadas en piernas…
En hebras de seda.

Caminar sin rodeos, con tranquilidad,
Sin rumbo.

Atardeceres expectantes, inmateriales;
Algo trémulo y emocionado.

Caer, caer y caer. Sin preocupación.
Solo caer. Y remontar una brisa fugitiva.
Una mirada furtiva. Una cadera elusiva.

Despertar sin haber dormido. Despertar al aroma de la fuente.
Al terso y áspero tacto del rocío.
Al acre sabor del manantial de lo Divino.

Imaginar lo inimaginable. Superar lo insuperable.
Ver lo invisible, y no ver lo visible.

Llorar lo alegre, y reír tristeza. Y perdonar,
Perdonar lo imperdonable.

Vivir, vivir lo vivible, lo vivido…
Y lo invivible.

Y un último y eterno anochecer. Embebido de amanecer. Furiosamente violeta. Ver todas las estrellas.

Y, libre, caer…


No sé, ¿Ensoñación?

Los sueños invaden la vigilia descubriendo gestos y palabras. Y en el frío de la madrugada invocan murmullos, tu pecho, y tus caderas acurrucadas. Llaman a la idiotez de la esperanza que obstinadamente decide mostrarse vana. Y la llaman, y la llaman. Como las mareas, que por milenios lentamente socaban, cada vez más descubro tu mirada.

Me encuentro queriendo ser ese límite autoimpuesto en tu cama, entre vos y el frío, y la noche, y la nada. Ese capullo que abraza tu descanso, y entibia despertares.
Dormir perpetuamente bajo una tenue luz, y tus piernas enredadas.
Sin pintura, el lienzo terso que como nunca confiases.

Ya me he preguntado muchas veces
¿Por qué la esperanza se muestra tan obstinada?

Ya no.
No importa.
Es pasado.

Quizás futuro.
¿Quién sabe?
Pero no presente.

Hoy no es.
No sé por qué.


Obligado movimiento circular

Hoy me es requerido despertar, ¡qué extraño laberinto! Desgarrar esa última y onírica astilla, que tuvo todo de etéreo, hermosamente; y nada de materia. Abrir los ojos sabiendo que he de volver a arrullarme, alguna vez, en los brazos del sueño. ¡Qué incierto fue lo que las estrellas juraron por cierto! Que increíble vestido, cuánta contundencia presentó su espejismo…

Los más sabrosos amaneceres hubiera puesto sobre la mesa,
Cuántas doradas lunas,
Rebosantes y suculentas
Se han perdido en esa apuesta.

Cuántos versos pensé que la alimentarían
Qué despilfarro de corazón… pobre corazón… tanta inútil sabiduría.
Muchas palabras, energía…
Tentadora melancolía.

Si la razón fuera dueña, ¿qué sería de nosotros?, ¿dónde habitaría la esperanza? Si evitarlo yo pudiera, no dejaría hasta el último momento la puerta entreabierta. Un maravilloso engaño, cruel promesa, me has aliviado tanto. Hipotecaría mis mañanas por ese efímero segundo, antes de que el marco selle la entrada. Por ese momento de duda antes de darte la espalda.

No hay casualidad,
No habrá fortuitos encuentros que cobren lo adeudado.
Sólo hay un momento
Para que se cumpla lo que las luces del cielo han manifestado.

O esa nota para siempre ha de quedar atorada en tu garganta.

Recuerdo,
Decidiste no dormir
Cuando yo decidí no despertar.

No he de marcharme mirando sobre mi hombro. No sería justo. Cuando empiece a caminar, habrás desaparecido… y habré despertado.


Inventario

Una camisa con una mancha de helado.
Un pantalón.
Un par de medias.
Utensilios de cocina.
Un estuche de cuero con productos de aseo personal (del cual todavía no me avine a disponer).
Una ciudad en llanto.
Algunas verdades por decir.
Un par historias tristes que nunca pude aceptar.
Momentos de magia.
Decenas de sueños.
Docenas de proyectos.
Pescado crudo.
Un maravilloso, aunque efímero, regalo.
Un poco de anonadamiento.
Algo de decepción.
Incredulidad.
Sinsentido, varias unidades.
Frustración. Suficiente para unos cuantos inviernos.
Pasión. Buena cantidad (revisar al fecha de caducidad).
Desdén como para sobrevivir un desastre nuclear.
Un corazón a medio cocinar.
Una caja marcada “cinismo”, parece vacía, pero habría que revisar.
Hambre.
Un par de alas, ya menos atrofiadas.
Entendimiento. Digamos que si dependiéramos enteramente de él estaríamos fritos.
Sentimiento de ser vitalmente importante.
Sentimiento de no ser para nada importante.
Unos cuantos impactos de metralla.
Recuerdos agridulces (Susceptibles de ser transportados sólo con maquinaria pesada).
Una mochila rebosante de pasado.
Una dosis de realidad.
Y un par de ojotas (realmente las aprecio).


Evento no clasificado

Se mueve solo por el parque. Es pequeño, de tan liviano, casi no toca el suelo. Es muy difícil de ver, generalmente se lo puede distinguir como una leve estela de color violáceo. La mayoría de las personas suelen atribuir el avistamiento a un extraño efecto de la luz del sol sobre sus retinas, algo así como una ilusión óptica lumínica.
Los testigos que dicen haberlo visto por más de algunos milisegundos, suelen hacer especial hincapié en lo errático de sus movimientos, que para los ojos externos a su propia voluntad, parecen no tener el más mínimo sentido. En casi todos los casos documentados, el estar expuesto durante un largo período de tiempo a estos movimientos aparentemente absurdos, tiene un efecto emocional muy peculiar en los observadores. Se produce un estado de intensos sentimientos de envidia, que en poco tiempo transmutan en un profundo terror del cual dichos testigos no pueden dar razones. Para el momento en que el ser en cuestión ya ha desaparecido de su campo de visión, en estas personas solo queda una sensación de intensa ira, profunda y fría. Cercana al resentimiento.

Los científicos que han tratado de investigar el caso han dedicado años a dicha empresa. Esta actividad solía consistir en colocar cámaras infrarrojas, cámaras de visión nocturna, y distintos aparatos que eran capaces de detectar las más mínimas fluctuaciones en el espectro lumínico y las más sutiles perturbaciones en el aire (algo así como extremadamente sensibles detectores de movimiento). Luego esperaban por horas, días, semanas; casi sin siquiera respirar.
Los resultados fueron siempre absolutamente nulos, por lo tanto la ciencia terminó por negar categóricamente su existencia.
De todas formas, y “extraoficialmente”, estos mismos científicos han relatado haberlo visto más de una vez en frescas mañanas de primavera, y melancólicas tardes de otoño, siempre en ocasión de salir a caminar un poco para despejar sus ideas.

Otros investigadores, más poéticos que científicos, concuerdan en la idea de que no responde a los llamados; pero se acerca y se deja ver por quienes están perdidos en sus pensamientos con la mirada fija en la nada.
También recalcan el hecho de que solo se mueve contra el viento. Y especularon la posibilidad de recrear un estado de total quietud del aire, en el cual, ya sin poder moverse, el ser podría ser observado por horas.

Una interesante leyenda urbana habla de una cazadora furtiva especialmente hábil y despiadada que se propuso obsesivamente capturarlo, luego de haberlo contemplado largamente una tarde en la cual se perdió en sus pensamientos tratando de resolver el problema que se le había suscitado cuando se le cruzó una idea que le decía que quizás no era tan bueno dejar los problemas sin resolver.
La técnica que usó para atraparlo consistió en estarse quieta, fingiendo estar absorta en alguna cuestión transcendental. Luego, al aparecer la vertiginosa luz violácea que giraba sobre su cabeza, empezó a hablarle calmadamente diciéndole de forma muy sensata que, considerando el estado de la economía, lo que más le convenía era convertirse en un tejedor de cestas de mimbre y venderlas en la feria de la plaza. A continuación, sabiendo – como sabe todo el mundo – que este ser es incapaz de declinar un desafío, lo retó a construir una canasta cuadrada, totalmente cerrada, desde su interior; alegando que si quería convertirse en un experto tejedor de canastas, debía pasar indefectiblemente por ese rito. Obviamente, el ser quedó atrapado en el interior de su propia canasta, y la cazadora obtuvo a su presa.
Parece que la cazadora lo puso en una vitrina, en donde no corría ni un leve soplo de viento, para poder disfrutarlo en su luminosa quietud y alardearlo a sus visitantes. Pero la leyenda termina sosamente cuando el ser empezó a transformarse en un capullo del cual emergió a los pocos días un abogado que la demandó por daños y perjuicios.


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